lunes, 4 de junio de 2018

BARRIO SIN NOMBRE



Puerto Limón- Costa Rica





Me ha herido la vida con sus garras
pero insisto en seguir
como la guerrera que soy.
Mía Gallegos




En mi vecindario el ruido
era  el roce de un blues,
abrasivo y penetrante.
Un toque musical
que trasladaba de sitio las puertas
y las ventanas de ese barrio.


Aquella calle ancha y sorda,
reinventaba el mejor escenario.
Ahí se desvestían, precarias, las ilusiones.
Los niños crecíamos mascando la indiferencia
donde ronca el pavimento sus ocasos.



Nos rebelábamos en fantasías:
ser piratas en un mar y otro.
La marea mecía  nuestros cuerpos
al filo de las rocas,
como si fuéramos un pincel en las manos del océano,
para volver de algún sitio donde las carencias
eran invisibles.
Y así, finalmente,
reparar las bisagras de los sueños.



Afuera, mientras jugábamos,
la vida movía sus aromas por los
patios comunales del vecindario.
El olor acalorado del chile panameño y del jengibre
viajaron desde otros países hasta puerto Limón,
como si cargaran un lenguaje
donde la brisa parecía decir algo,
entre las hojas de plátano y ñampí,
hasta mezclarse en el aire
con el olor del arroz cantonés
en una columna de hermandad.



El barrio sin nombre
tenía algo en común con aquellos niños.
Un nombre que no se concretó en ningún registro.
Los “hijos naturales” éramos como ese barrio:
una lista aparte
con un desmantelamiento escolar                                            
 a la vista de todos.
Un arrecife que la arena se tragó por la vergüenza.
Pero juntos nos consolábamos cada mañana
con el abrazo tibio de sus calles
y el deseo indestructible de inventarnos otro mundo.



*Los hijos naturales son los nacidos fuera del matrimonio
 y no llevan el apellido del padre. Era así hace años.

Julia Hernández
De mi libro Boleto al Caribe
2018

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viernes, 16 de marzo de 2018

viernes, 23 de febrero de 2018

CHOPIN






A mi gato

No, él no es el violín, instrumento
perfecto, que muerde  mi corazón,
pero hace, más regiamente,
sonar su cuerda más vibrante .
 Charles Baudelaire

Quizá, si me pusiera a dibujar el perfil exacto
de la última morada de mi gato Chopin
con trazos limpios en la tierra de las hortensias
y la mala hierba.
Si pudiera abrir con un corte las corrientes de aire
hasta encontrar la respuesta a los arañazos de la vida,
a su naturaleza, a sus motivos castrantes
que se mueven en la oscuridad.


A esta hora todos tienen horarios que cumplir.
Un lugar donde llegar,
pero yo solo  tengo una congoja,
este golpe que arde a mediodía
y baja  a la negrura del dolor.
Quiero gritarlo.
Yo me incliné ante Chopin en esta despedida
como lo hago ante una montaña,
o ante la materia inerte de un violín,
dejándome un sabor de inexistencia,
una especie de hospedaje en el limbo.



¿ Qué seré sin él que hizo vibrar
la cuerda más gastada de mi vida
en estos quince años?


Quizá eso es todo.
Hoy los lirios tienen el color de su presencia
en el patio de la tristeza.



Abril es el canto de un  felino pelirrojo,
el principio de un eco fracturado
sobre los ojos de nadie.
Tiene puertas y ventanas a la ausencia,
sostenidas por esta fragilidad en mis labios
al murmurar con resignación su nombre.




Julia Hernández
De mi libro Cuerdas contra el Viento
2018
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viernes, 2 de febrero de 2018

PUNTO SIN PARTIDA






Aquella tarde daba igual quedarme
frente a la computadora,
salir a cuestionar el precio del abrazo
o atribuirle a la imprecisión de la brújula
mi punto sin partida.
Pero algo me detuvo,
cayó un mensaje firmado, homicida ante mis ojos.



Como  el eco de una guillotina
ese mensaje se extravió no solo por la casa,
también por la lágrima,
haciendo hincapié en estas letras
que ahora tiemblan
sin el ardor de las vocales,
como si el amor danzara 
en una nefasta perdición.



Desde entonces se me hace difícil
reciclar en el poema
el reflejo del colibrí y su retórica,
su lado incierto y provocador…, su canto
que una vez vibró con ansia
casi como un fulgor  por mis despeñaderos .




Julia Hernández
De mi libro Cuerdas Contra el Viento
2017

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